
«Los haré ver Mis signos en los horizontes y en ellos mismos, hasta que se les haga evidente la Verdad. ¿Acaso no es suficiente tu Señor como Testigo de todo?» (Corán 41:53, trad. García)
Una ventana a tu ser,
una ventana escondida...
Escucho que son tus ojos, pero
¡eso yo ya lo veía!
Me dicen que son tus labios pues...
¡Ni hablar! Son fruta prohibida.
Soñé que eran tus sueños, quizás...
¡mas el spannungsbogen aún no termina!
Y entonces, miré hacia el cielo,
infinito, como lo que de ti intuía
y nadé en el océano espeso de la noche
persiguiendo estrellas, mis silentes guías.
Vi, bajo tu frente, el esplendor de tus luceros...
¿Por qué siempre brillan?
Y recordé: «Los haré ver Mis signos...»
La respuesta estaba en el horizonte escrita
en aquel planeta que atisbó a la luna
y encontró el espejo de una luz divina;
una ventana a su ser,
una ventana encendida.
Y comprendí al instante
que tu nombre oculta una teofanía:
tu corazón, armónico, que irradia
naturalmente una diáfana melodía
nacida de la absoluta Luz
y por eso reflejas, deslumbras e iluminas...
Y he encontrado al fin la ventana de tu ser
en aquel Señor, tuyo y mío, que nos dio la vida.
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